noviembre 13, 2006

Hiedra



Perder la pureza, la inocencia nunca cuestionada, legítima y sentida, es abrir los ojos, ser real y adulto, vivir en una realidad llana y mediocre. Morder duramente los días pálidos con un sol estival que ya no brilla, el dolor y la decepción que se enredan y trepan cautelosos inyectando su veneno lentamente. Y lastima, me va rasgando adentro despacito y me ahogo en las lágrimas que trago en silencio, con la mirada perdida, en el vacío de entender que nada es lo que creía.

Mi voluntad celeste va muriendo y me odio por eso.

noviembre 02, 2006

Las palabras


Cae la noche y en su nombre
sacrificios de ranas y escobas,
desde el cerro jauría de grillos
absorben del junco
un nombre,
y en la brisa
orificios de dientes sobrevuelan los techos.

Con su colador de ojos, la noche
baña el ladrillo amable
de escondida excusa de cuadro.

Los senos azules
encausan la marea del infinito y
sus constelaciones nauseabundas de remolinos.

Algunas luces desnudas de dormitorio
se asoman a la inundación
para mirarse,

para ser mirados
como nunca antes han visto.

Mañana en el Abasto





La ciudad se despierta. Quizás, nunca, nunca duerma. A la noche la cargan unos niños en pequeños carritos repletos de cartones apilados, entre telas de arpilleras. Algunos bares que ya abren mojan la vereda con restos de lágrimas.
Mis ojos ya están despiertos pero aun no mi boca. Todo lo que sucede, sucede dentro de mi mente: los autos, la gente, las vidrieras cerradas todavía; todo producto de mi imaginación.
¿Caminar primero y después café? ¿ o viceversa? No, primero caminar. El cielo escupe una brisa fresca todavía en el rostro y a veces (como dice Liniers) eso es lo único que se necesita.
Caminar puede ser una buena idea ahora que nadie parece notar que ya es hora de salir a la calle, de abrir las persianas, de subirse al subte, de pisar a la señora que no se corre de la puerta, de tocarle el culo a la chica delante nuestro, o de fumarse el primero de los treinta y siete cigarrillos que mantienen nuestros nervios bajo control.
Busco un cibercafé, esos nuevos reductos chauvinistas que acabarán por destronar a los viejos cafés como productores de escritores fracasados, para ver cuántos y quiénes me escribieron en estos últimos cuatro días: quizás haya estallado una guerra en Medio Oriente y no me haya enterado.
Algunas cuadras después la ciudad ya me presiente. Comienza a despertarse y se lo hace saber a cuanto desprevenido quiera oír. Se despereza a bocinazos. Ya no se puede caminar tranquilo por la vereda sin sentir el golpeteo de carteras y portafolios contra estómagos y caderas. Ya es hora de tomar el café.
El bar parece haber sido escupido por el asfalto en aquel rinconcito, depositado allí hasta hacer lugar en otro lado.
El mejor modo de preservar es sistematizar. Un chico envuelve cubiertos en servilletas, otro se acerca a mí (me pregunto qué diría si le preguntase cómo se siente esta mañana... después de todo esta mañana ¿no es ayer a la mañana y todas las mañanas anteriores?). Le pido un café y dos medialunas. Por el vidrio que mira hacia afuera se ve a la ciudad completamente despierta pero aun con resaca de estrellas.

octubre 27, 2006

El pez


"la rebelión es mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos"
Alejandra Pizarnik


El pez blanco nada. Roza con su nariz el aire húmedo. Acaricia el vidrio, lo tropieza a empujoncitos. Desde su cárcel transparente mira hacia el espacio vacío. A veces llora, pero no lo nota, su lágrima es dulce como el agua.
Sistemáticamente alcanza la superficie dos veces al día para alimentarse. Un viento frío le pone la piel de gallina sobre el lomo cuando lo hace. Luego, cuenta las piedritas del fondo y memoriza sus colores.
El pez blanco piensa en voz baja todo el silencio. Forma burbujas con sus pensamientos. Las burbujas se van amontonando en los ángulos superiores de la pecera. Ejercen presión sobre las aristas y luego el vidrio se resquebraja y comienza a ceder. El agua atraviesa sus límites a gran velocidad. Cadáveres de cárcel tiemblan en el aire.
El agua va ganando la habitación, la vereda, la avenida, el museo, la plaza. La cintura, el torso, los hombros, la boca, los últimos suspiros.
El pez blanco besa su reflejo en serenas pupilas blancas. Y luego, nada.

octubre 24, 2006

Razones


Por todos mis poemas perdidos
con mi carencia de talento,
por todas las casas deshabitadas
con tanto loco en la vereda,
por todos los platos de comida sobrantes
con tanto hambre con dueño,
por todo libro repleto de informaciones
con tanto silencio desnutrido,

por tanta célula abierta
con tanto cáncer acechante,
por tanto sexo mojado
con objeto de deseo destruido,
por tanta célula cerrada
con tantos abrazos sin cuerpo,
por tanta pata coja
en un país de caminos,

por todos mis poemas escritos.

octubre 20, 2006

Mordiscos

A veces
me acuerdo y me da
por abrazarme a la pacífica convivencia
de las sombras,
de los reptiles que habitan
mi rincón apartado,
ajeno
del prematuro sol de esta mañana,
a las convenciones del saludo
que no se le niega a nadie

y sin embargo
un asco repulsivo me embriaga
al mirar tu rinconcito
a pleno rayo de luz.
De oírte, ahí, con tus vísceras,
con otro corazón,
mirándome,
con un corazón que no será mío.

Y yo,
arrepentido de mis alas,
volviendo a lo mismo,
a lo que es agradable volver,
siempre.

¡Tendría que devorarte el sueño!
¡Devorarme el ojo que mira,
mejor aun,
el único ojo que siente!

y formando una mandíbula de constelaciones
recostarte en la luna
y morderte palmo por palmo,

comerme veintidós años
así como si nada. Como
si vos nada, como si yo
nada.

Alguna de estas noches.

octubre 19, 2006

Nocturno liviano



Antes de la noche, mi noche
estrellada de sombras está.
Recorriendo un único nombre
que no es nombre y nada más,
que es eterno en cada día
y en cada día eternidad.

En ese ramo de esquinas
se esconde un paisaje rural
en que galopa y galopa
un espejo que al final
no es espejo, sino olas
que no agotan en el mar.

Y en el agite formado
por su manera de dar,
por sus colores primarios
que en el arcoiris no hay;
nunca la luna fue luna
en un sentido tan literal.

Oración


Ahora que escribo de verdad,
virgencita mía,
que tu herida huele a azufre
y
que nosotros no sabemos
si ya somos nosotros.

Ahora que no nos ponemos límites,
que la lluvia nos separa
más de lo que nos une,
que el horario
se nos cuela en el estómago.

Que te rezo en la cama
que te colmo y que me calmas.

Aromadita de azahares,

que me permites enamorarme de todas
y volver al sillón
de la primera vez

ahora que estoy aprendiendo
a quererte
sin ahogarme.