Cuando a la mañana se atrasa el colectivo y cuento los segundos dentro de cada segundo, y contemplo las miles de cabezas comiéndose los brazos de los demás, confundiendo sus extremidades, colaborando a diluir los límites de la existencia; dejo que una sensación extraña me amarre, me abrace, me ponga de cabeza en plena multitud y camino con los ojos. Los veo mirar con los pies.
Dejo que las ideas lleguen a mí, me arrastren, me empujen a entender todas las muertes que caben en un vagón, en un automóvil, en la ventanilla de alguien que me mira, en el hemisferio norte del cerebro de la mujer con la que trataré de acostarme mañana, en la censura.
El inconveniente soy yo, que asisto sin culpa a este suicidio colectivo, que lo respeto en silencio, que no le traigo flores.
Todas las muertes se orinan en mi ciudad; las desinhibe la multitud, el anonimato de millones de muertes entre tanta muerte desnuda.
¿Qué pasaria si mi silencio saludara a una muerte? Todos queremos ser.
febrero 19, 2007
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